Foto: mi madre mi hermano y yo entre 1974 y 1975Hermano,
Hay días en los que todavía me cuesta entender que ya no estés.
Lo digo en voz alta y sigue sonando imposible. Como si la vida se hubiera equivocado de persona, de momento, de historia. Como si alguien hubiera arrancado una página entera de mi vida y me hubiera dejado intentando leer lo que queda sin entender nada.
Te fuiste demasiado pronto.
Demasiado pronto para ti.
Demasiado pronto para mí.
Demasiado pronto para todo lo que todavía nos quedaba pendiente.
Y desde que no estás, hay un silencio que no se parece a ningún otro. No es solo tu ausencia. Es ese hueco enorme que dejaste en la casa, en la memoria, en las conversaciones, en los días normales. Porque cuando se va un hermano mayor, no se va solo una persona. Se va una parte de la infancia. Se va un refugio. Se va alguien que conocía versiones de ti que ya casi nadie recuerda.
Tú sabías de dónde venía.
Sabías mis heridas, mis miedos, mis rarezas, mis formas de defenderme del mundo. Sabías cosas de mí sin que tuviera que explicarlas. Y ahora, muchas veces, siento que me he quedado sin testigos. Sin esa parte de familia que me unía a lo que fui.
Me dejaste aquí, intentando ser fuerte cuando lo único que quería era poder llamarte.
Llamarte para contarte una tontería.
Para pedirte consejo.
Para enfadarme contigo.
Para reírnos de algo que solo nosotros entenderíamos.
Para sentir, aunque fuera un momento, que todavía tenía familia.
Porque sí, hermano, eso es lo que más duele: que al irte, sentí que me quedaba sin familia y sin nada.
Sin ese lugar al que volver.
Sin esa persona que, de una forma u otra, siempre estaba ahí.
Sin ese hilo invisible que me hacía sentir que no estaba completamente sola en el mundo.
Y sé que quizá no querrías verme así. Sé que probablemente me dirías que siguiera, que levantara la cabeza, que no me hundiera. Incluso puede que me soltaras alguna frase tuya, de esas que en su momento me habrían dado rabia y ahora pagaría por escuchar una vez más.
Pero no es tan fácil.
Porque hay pérdidas que no se superan. Se aprenden a llevar. Se colocan dentro de una como se puede. Algunos días pesan menos. Otros días pesan como una montaña encima del pecho.
Hay momentos en los que sigo esperando encontrarte en algún sitio. En una llamada perdida. En una canción. En una frase. En una calle. En un recuerdo que aparece sin avisar y me parte por dentro.
Y entonces vuelvo a sentirlo todo.
La injusticia.
La rabia.
La tristeza.
La sensación de abandono, aunque sé que tú no elegiste irte.
La pregunta que no tiene respuesta: ¿por qué tan pronto?
Me habría gustado decirte tantas cosas.
Me habría gustado abrazarte más.
Preguntarte más.
Escucharte más.
Decirte con más claridad cuánto te quería, aunque a veces entre hermanos esas cosas se dan por hechas y se dejan para otro día.
Y ese es el problema.
Que creemos que siempre habrá otro día.
Otro café.
Otra llamada.
Otra visita.
Otra oportunidad para decir “te quiero”.
Otra oportunidad para arreglar lo pendiente.
Otra oportunidad para quedarnos un rato más.
Pero la vida, a veces, no avisa. Solo llega y rompe.
Desde que te fuiste, he tenido que aprender a caminar con una ausencia al lado. A vivir con esa parte de mí que se quedó detenida en el día en que te perdí. A sonreír mientras por dentro hay un lugar que sigue llorando. A contestar “estoy bien” cuando en realidad solo estoy sobreviviendo.
Porque perderte no fue solo perder a mi hermano.
Fue perder una raíz.
Fue perder una parte de mi historia.
Fue perder a alguien que formaba parte de mi identidad, aunque quizá nunca lo dije así.
Y ahora me toca vivir con todos esos recuerdos que duelen y consuelan al mismo tiempo. Porque recordarte me rompe, pero también me sostiene. Me duele pensar en ti, pero me dolería mucho más dejar de hacerlo.
Así que te llevo conmigo.
Te llevo en lo que aprendí de ti.
En las cosas que me dijiste.
En las que no dijiste, pero entendí.
En las heridas que compartimos.
En las risas que todavía me visitan de vez en cuando.
En esa forma extraña que tiene el amor de seguir vivo incluso cuando alguien ya no está.
A veces me enfado contigo por haberte ido.
Aunque sé que no es justo.
Me enfado con la vida. Con el destino. Con todo. Me enfado porque te necesitaba. Porque todavía te necesito. Porque hay días en los que me siento pequeña otra vez y me gustaría tener a mi hermano mayor cerca, aunque fuera para no decir nada.
Solo estar.
Eso también era familia.
Estar.
Y tú, de una forma u otra, eras eso para mí.
Hoy te escribo esta carta porque hay cosas que se quedan atravesadas cuando alguien se va demasiado pronto. Y quizá escribirlas no cambie nada, pero al menos me permite hablarte desde este lado del mundo.
Quiero que sepas que te echo de menos.
Mucho más de lo que soy capaz de explicar.
Te echo de menos en los días importantes y en los días tontos. En las fechas señaladas y en cualquier tarde cualquiera. En los momentos en los que algo me sale bien y pienso que ojalá pudiera contártelo. Y también en los momentos en los que me siento rota y pienso que ojalá pudiera refugiarme en ti.
Me dejaste con un vacío enorme, sí.
Pero también me dejaste recuerdos. Me dejaste historia. Me dejaste una parte de ti que nadie me puede quitar.
Y aunque a veces sienta que me quedé sin familia y sin nada, intento recordarme que todavía te tengo de alguna manera. No como quisiera. No como merecíamos. No como debería haber sido.
Pero te tengo en mí.
En mi memoria.
En mi sangre.
En mi forma de mirar hacia atrás.
En esa herida que duele porque hubo amor.
Ojalá pudieras volver un momento.
Solo uno.
Para abrazarte fuerte y decirte todo lo que no dije. Para pedirte que no te fueras. Para escuchar tu voz. Para sentir que, por un instante, la vida vuelve a estar en su sitio.
Pero no puedo.
Así que haré lo único que me queda: seguir viviendo con tu recuerdo. Seguir pronunciando tu nombre. Seguir queriéndote aunque ya no pueda verte.
Y prometo intentar seguir.
No porque no duela.
Sino porque tú fuiste parte de mi vida, y esa parte merece ser honrada.
Te fuiste demasiado pronto, hermano.
Y yo me quedé aquí, aprendiendo a vivir con el corazón partido.
Pero te quiero.
Te quise entonces.
Te quiero ahora.
Y te voy a querer siempre.
Tu hermano Luis
No hay comentarios:
Publicar un comentario